Un estudio reveló que las malas experiencias en redes sociales generan ansiedad inmediata en los jóvenes

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La preocupación por el efecto de las  redes sociales en la  salud mental de los más jóvenes suma nueva evidencia científica, esta vez producida en la propia Argentina. Una investigación elaborada por el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales, dependiente de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata, comprobó que la exposición a situaciones breves y negativas en redes sociales genera un aumento causal en los niveles de  ansiedad de estudiantes universitarios, un hallazgo que también resulta relevante para pensar los hábitos digitales de los jóvenes tucumanos. 

Un hallazgo que rompe con estudios anteriores

Uno de los datos más llamativos del trabajo es que este incremento en los niveles de ansiedad resultó mayor en los varones, un patrón que contrasta con buena parte de la evidencia científica producida hasta ahora sobre el tema, mayormente proveniente de países desarrollados y centrada en el tiempo total de uso de las plataformas, con enfoques más bien correlacionales que causales.

Cómo se diseñó el experimento

El equipo de investigación, integrado por María Laura Alzúa, Azul Menduiña y Milagros Onofri, buscó responder una pregunta más puntual: si son experiencias concretas dentro de las redes sociales, y no solo el tiempo de exposición, las que afectan el bienestar emocional de los jóvenes. Para eso, diseñaron un experimento de laboratorio realizado en febrero de este año con más de 500 estudiantes ingresantes a la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP, divididos al azar en dos grupos para poder identificar relaciones causales.

Uno de los grupos fue expuesto a cinco escenarios hipotéticos pero realistas, inspirados en situaciones habituales de las redes: publicar contenido sin recibir reacciones, recibir comentarios negativos, ver publicaciones idealizadas, encontrarse con un video generado por inteligencia artificial sobre uno mismo, y sentirse ignorado por amigos. El otro grupo, en cambio, fue expuesto a escenarios neutrales, como un tutorial de cocina o una publicidad. Inmediatamente después, todos los participantes fueron evaluados con el State-Trait Anxiety Inventory, una de las escalas internacionalmente validadas para medir la ansiedad de estado.Ver másNoticias localesFundaciones sanitarias e investigación médicaRecursos para el profesorado y el aulaestudioNiños y adolescentes

Los resultados y las diferencias de género

Los resultados mostraron que la exposición a los escenarios negativos incrementó de manera significativa los niveles de ansiedad de los participantes, en un promedio de 0,09 desviaciones estándar respecto del grupo de control. Lo más llamativo, según destacan las investigadoras, es que ese efecto se consolidó pese a que la exposición fue breve y completamente hipotética.

Respecto a la diferencia según el género, el informe plantea como hipótesis que las mujeres podrían estar más habituadas a este tipo de experiencias digitales, lo que se traduciría en niveles basales de ansiedad ya más elevados, con menor margen para incrementarse, o bien en una reacción más atenuada frente a estímulos que forman parte de su cotidianidad en las plataformas.

El escenario de hiperconexión juvenil

El estudio también dimensionó los niveles actuales de uso de redes sociales entre los jóvenes: el 60% de los encuestados afirmó pasar más de cuatro horas diarias conectado durante los días hábiles, proporción que trepa al 72% durante los fines de semana. El uso intensivo también resultó frecuente, ya que el 28% supera las seis horas diarias en días hábiles y el 40% lo hace los fines de semana.

Qué implica para las políticas públicas

Las conclusiones del trabajo plantean la necesidad de repensar cómo se aborda el consumo digital juvenil, ya que demuestran de manera empírica que la calidad de las experiencias puntuales en redes resulta tan determinante para el bienestar psicológico como la cantidad total de tiempo de conexión. En ese sentido, las investigadoras sostienen que comprender estos mecanismos específicos es clave para diseñar mejores políticas públicas, intervenciones educativas y herramientas de bienestar que no se limiten únicamente a reducir el tiempo de pantalla.


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