Tucumán forma parte de un proyecto científico internacional que enviará semillas de quinoa al espacio

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En un contexto en el que la exploración espacial vuelve a mirar con seriedad hacia la Luna y Marte, un proyecto científico con fuerte participación argentina se prepara para enviar al espacio un experimento de gran valor simbólico y científico: semillas de quinoa que viajarán dentro de una cápsula experimental diseñada para resistir y registrar información en el ambiente orbital.

La misión está programada para el segundo trimestre del año, entre abril y junio, y representa la continuidad de una línea de investigación iniciada en 2019 en Canadá. Aquellos primeros estudios, cuyos resultados se publicaron en 2022, fueron desarrollados en conjunto entre la Universidad de York, la Lassonde School of Engineering de Toronto y la Fundación Miguel Lillo.

En esa etapa inicial, los investigadores analizaron cómo respondían semillas sometidas a niveles de irradiación energética comparables, en escala temporal, a los procesos que se producen durante misiones espaciales prolongadas. Los resultados mostraron una notable resiliencia del material biológico frente a condiciones extremas.

La nueva campaña científica busca avanzar un paso más: trasladar esas pruebas desde el laboratorio hacia un entorno real de vuelo espacial.

Las semillas seleccionadas para el experimento fueron enviadas por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), desde su sede en San Juan. Se trata de quinoa variedad morrillos (Chenopodium quinoa wild), una especie con identidad genética claramente definida y características fisiológicas que la convierten en un modelo ideal para estudiar la resistencia biológica frente a condiciones extremas. Su investigación lleva más de diez años de trabajo dentro del INTA.

El proyecto cuenta con una coordinación científica internacional encabezada por la doctora Pamela Such Stelzer, investigadora tucumana afiliada al SETI Institute y a la Universidad de San Pablo-T. Desde hace años, Such Stelzer trabaja en el desarrollo de tecnologías vinculadas a la utilización de recursos in situ (ISRU, por sus siglas en inglés), orientadas a la exploración espacial y a la posible explotación de recursos en asteroides y lunas.

Parte de su investigación también se centra en la biominería y en el desarrollo de hábitats autosustentables en la Luna, un área clave dentro de los programas de exploración espacial de largo plazo.

La científica lidera y articula el trabajo de los equipos argentinos involucrados en la iniciativa. Entre ellos se encuentran la Universidad de San Pablo-T, representada por Matías Rhomer y la doctora Catalina Lonac; los equipos técnicos del INTA en San Juan y Tucumán, cuyos centros regionales están dirigidos por los doctores Claudio Galmarini y Luis Erazzu, junto a la doctora Liliana Fortini; y la Fundación Miguel Lillo, encabezada por el doctor David Flores.

Todos estos grupos trabajan en conjunto con el equipo internacional del proyecto, en una colaboración que también incluye a la Orion Space Generation Foundation y a la plataforma SpaceGens.

La iniciativa busca combinar ciencia espacial de vanguardia con agricultura sostenible, uniendo décadas de conocimiento agronómico con los desafíos de la exploración espacial. El objetivo es comprender cómo responden los sistemas biológicos vegetales en ambientes extremos, información que podría ser útil tanto para la producción de alimentos en la Tierra como para futuros sistemas agrícolas fuera del planeta.

Para el INTA, participar en este tipo de misión no representa una curiosidad científica aislada, sino una apuesta estratégica a largo plazo. El agro argentino enfrenta desafíos crecientes relacionados con el estrés hídrico, la variabilidad climática, la degradación de suelos y la necesidad de mejorar la eficiencia productiva.

Estudiar cómo reaccionan los cultivos frente a condiciones extremas —como radiación intensa, vacío parcial o cambios bruscos de temperatura— permite desarrollar nuevas estrategias para fortalecer la agricultura en contextos adversos.

En ese sentido, el espacio funciona como un laboratorio natural de estrés máximo. Los datos que surjan de esta experiencia podrían contribuir al diseño de sistemas de agricultura fuera de la Tierra, pero también aportar herramientas para la conservación avanzada de germoplasma, el mejoramiento genético y el desarrollo de tecnologías de monitoreo agrícola más precisas.

La Fundación Miguel Lillo viene colaborando desde hace años con el INTA en esta línea de investigación, aportando su experiencia en taxonomía, biología vegetal y caracterización científica del material biológico.

Ese trabajo conjunto permitió garantizar la trazabilidad genética de las semillas, el control experimental y la continuidad académica del proyecto. De este modo, el experimento que ahora se prepara para viajar al espacio es el resultado de un proceso científico que fue avanzando paso a paso a lo largo del tiempo.

Por su parte, la Universidad de San Pablo-T también posee una sólida trayectoria en el estudio de cultivos estratégicos, especialmente en el área de la caña de azúcar, uno de los pilares históricos de la economía tucumana. Con los años, la institución desarrolló capacidades en agronomía, biotecnología y transferencia tecnológica, integrando investigación científica con producción real.

Actualmente, en su predio funcionan centros de investigación de proyección internacional, como Puna Bio y el Centro Integral de Biotecnología Aplicada (CIBA), lo que refuerza el perfil científico de la institución.

Dentro de esta visión de crecimiento científico, Such Stelzer impulsa además la creación de un laboratorio de investigación espacial aplicada en las instalaciones de la Universidad de San Pablo-T. La propuesta apunta a contar con un espacio dedicado al análisis de experimentos biológicos posteriores a los vuelos espaciales, así como al desarrollo de nuevas campañas científicas y de instrumentación destinada a misiones espaciales.

La iniciativa se alinea con los programas internacionales de exploración, como las futuras misiones Artemis a la Luna, y plantea un objetivo claro: que Tucumán no solo exporte cultivos agrícolas, sino también conocimiento científico y tecnología aplicada al espacio.


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