Robaron a una familia que volvía a Tucumán y quedó varada en Rosario
Yohana y Jesús relataron que les arrebataron una mochila con pasajes, documentos, dinero y el certificado de discapacidad, y que los atacantes se llevaron todas las pertenencias antes de huir corriendo.

El suceso relatado —un violento arrebato ocurrido en inmediaciones de la Terminal de Ómnibus de Rosario— no solo expone la inseguridad cotidiana a la que están sometidos los habitantes y visitantes de la ciudad, sino también la ineficiencia y la indolencia institucional que profundizan el daño sobre las víctimas.
Jesús, su pareja Yohana y su hija Gabriela llegaron desde Venado Tuerto para pasar las fiestas y tenían pasajes para regresar a Tucumán esa noche. Aprovecharon unas horas libres para caminar por los alrededores de la Terminal y fueron abordados por dos delincuentes que les arrebataron una mochila donde llevaban documentos, el teléfono, los pasajes y el certificado de discapacidad de Yohana. El asalto, según la denuncia pública, fue violento: los atacantes intentaron quitar otra mochila, provocando incluso que a Jesús le cortaran la tira del bolso.
El desenlace inmediato fue dramático: sin documentos ni medios de contacto, la familia quedó imposibilitada de viajar y debió enfrentarse a otro obstáculo en primera instancia —la imposibilidad de que la policía tome la denuncia por falta de identificación—, circunstancia que revela una doble victimización. Quienes ya sufrieron un delito se encontraron con un sistema que no se adapta a la realidad sino que excluye y revictimiza.
Es especialmente grave que, en un caso donde una persona presenta un certificado de discapacidad sustraído, el único recurso sea la denuncia policial para intentar reconstruir identidad y acceder a asistencia. La negativa inicial de la comisaría —y la remisión a otra dependencia sin solución inmediata— demuestra la ausencia de protocolos claros para atender a víctimas en situación de vulnerabilidad y sin documentación. Esta deficiencia administrativa suma angustia, gastos y riesgo para quienes dependen de sus papeles para acceder a servicios y movilidad.
Además, el episodio plantea preguntas que las autoridades locales y provinciales deben responder con urgencia: ¿qué medidas de prevención y patrullaje se están tomando en las inmediaciones de la Terminal? ¿Por qué no existen vías alternativas y expeditas para que una persona pueda denunciar sin documentos y recibir atención básica? ¿Qué coordinación hay entre fuerzas de seguridad, oficinas de atención al viajero y organismos sociales para asistir a víctimas en tiempo real?
Resulta intolerable que una familia que debió afrontar la experiencia traumática de un asalto termine desamparada por la misma estructura que debería protegerla. La respuesta institucional debe ser clara, inmediata y orientada a garantizar derechos: toma de denuncia accesible aunque la persona no cuente con identificaciones, asistencia social y sanitaria en el lugar, coordinación para reemitir pasajes o gestionar alojamiento temporal y un plan preventivo de seguridad en zonas de alto tránsito.
La ciudadanía reclama, con razón, medidas concretas: mayor presencia policial focalizada en los puntos de mayor riesgo, cámaras en funcionamiento y políticas públicas que prioricen la protección de quienes transitan por espacios públicos. Pero las reformas no alcanzan si las instituciones encargadas de la atención primaria continúan aplicando procedimientos rígidos que niegan asistencia a víctimas que no tienen manera de probar su identidad al momento del delito.
En definitiva, el caso de Jesús, Yohana y Gabriela debería funcionar como una alarma: no puede normalizarse que el robo sea seguido por la indiferencia administrativa. Las autoridades municipales y de seguridad provincial deben dar explicaciones y, sobre todo, adoptar medidas urgentes para evitar que otras familias queden varadas, desprovistas de derechos y expuestas a una doble violencia —la del delito y la del Estado que no acompaña.
