¿Podría ocurrir un gran terremoto en la Argentina? Las zonas de mayor riesgo sísmico en el país y la historia que mantiene en alerta a Tucumán

Los grandes terremotos registrados en Sudamérica vuelven inevitable una pregunta: ¿puede ocurrir en Argentina un sismo destructivo de gran magnitud y qué provincias están más expuestas? La respuesta es que sí. Argentina tiene una extensa historia de terremotos severos y algunas regiones del país presentan una peligrosidad considerable. San Juan y Mendoza encabezan el mapa de mayor amenaza, pero el riesgo se extiende hacia otras provincias del oeste y el noroeste. Tucumán, aunque se encuentra en un nivel inferior, no está fuera del peligro y ya sufrió terremotos que provocaron destrucción y víctimas.
El Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES) divide al territorio argentino en cinco zonas sísmicas, de 0 a 4, con peligrosidad creciente. La clasificación no intenta anticipar cuándo ocurrirá un terremoto, algo que científicamente continúa siendo imposible, sino establecer qué intensidad de movimiento del suelo puede esperarse en cada región y, a partir de ello, determinar las exigencias que deben cumplir las construcciones.
El mapa argentino muestra una enorme diferencia entre regiones. La principal amenaza se concentra sobre el oeste del país, especialmente en Cuyo, donde la interacción tectónica asociada a la placa de Nazca y la placa Sudamericana genera las condiciones que históricamente produjeron los terremotos argentinos más violentos. San Juan y Mendoza aparecen como las provincias que requieren mayor atención, mientras que el peligro continúa hacia sectores de La Rioja, Catamarca y el noroeste argentino, incluyendo áreas de Salta, Jujuy y Tucumán.
No se trata solamente de una posibilidad teórica. Argentina ya sufrió terremotos devastadores. El 15 de enero de 1944, San Juan padeció la mayor tragedia sísmica de la historia nacional: aproximadamente 10.000 personas murieron y alrededor del 80% de las construcciones existentes quedaron totalmente destruidas, según los antecedentes oficiales del INPRES. Aquella catástrofe fue tan profunda que terminó impulsando la creación de organismos y normas específicas para reconstruir la provincia y desarrollar la ingeniería sismorresistente argentina.
Mendoza también posee una larga historia de destrucción. Los registros oficiales incluyen el terremoto de 1920, que destruyó Costa de Araujo y localidades cercanas y dejó alrededor de 250 muertos; el de 1929 en la zona de San Rafael, que causó unas 30 muertes; y el terremoto de 1985, que produjo importantes daños en el Gran Mendoza, particularmente en construcciones antiguas de adobe o ladrillo.
El norte argentino tampoco está libre de grandes terremotos. El primer gran episodio del que existe registro escrito ocurrió el 13 de septiembre de 1692 en Talavera del Esteco, Salta. Destruyó la población, provocó derrumbes y agrietamientos y alcanzó una intensidad estimada de IX en la escala Mercalli. La documentación histórica argentina sobre terremotos comienza precisamente con aquella catástrofe.
Y es en este punto donde aparece Tucumán.
Existe la percepción de que los terremotos verdaderamente peligrosos en Argentina son un problema exclusivo de San Juan y Mendoza. La historia demuestra que no es así.
El propio INPRES ha señalado que Tucumán se encuentra en una zona de peligrosidad sísmica moderada y realizó una aclaración fundamental: esa clasificación no significa que no puedan ocurrir eventos de importante intensidad.
Tucumán, además, tiene antecedentes concretos.
El 19 de enero de 1826 se produjo uno de los terremotos más importantes de la historia provincial. El movimiento ocasionó daños en Candelaria, Trancas, Zárate y El Tala, fue sentido muy fuerte en San Miguel de Tucumán y Santiago del Estero y provocó víctimas en la región de Trancas. El registro histórico oficial le asigna una intensidad VII en la escala Mercalli.
Pero investigaciones posteriores citadas oficialmente indican que el episodio pudo haber sido todavía más severo cerca del epicentro. El INPRES recoge una estimación de magnitud 6,5 e intensidad IX en Villa Vieja de Trancas, donde la localidad y zonas vecinas resultaron prácticamente destruidas: cayeron la iglesia y numerosas viviendas.
No fue un acontecimiento aislado.
El 6 de noviembre de 1913, otro terremoto fue percibido muy fuerte en toda la provincia y en el noreste de Catamarca. El movimiento llegó a provocar daños en la Catedral de San Miguel de Tucumán y causó alarma en Monteros y Famaillá.
El 3 de abril de 1931 volvió a temblar con fuerza. Hubo daños moderados en El Naranjo y El Sunchal, sobre el flanco oriental de la Sierra de Medina, y el movimiento alcanzó intensidad VII Mercalli.
Dos años después, el 12 de febrero de 1933, otro terremoto provocó grietas en construcciones de Tapia, Raco y Tafí Viejo, aproximadamente 30 kilómetros al noroeste de San Miguel de Tucumán, donde también fue sentido con fuerza.
La actividad continuó durante las décadas siguientes. El 9 de mayo de 1981 se registraron daños en construcciones de Burruyacú y Villa Benjamín Aráoz. En 1992, un fuerte movimiento en el norte provincial produjo daños en Los Nogales y El Timbó y fue percibido con intensidad en San Miguel de Tucumán. Los registros oficiales también incluyen daños provocados por otro sismo tucumano en 2011.
Es decir: Tucumán no solamente puede tener terremotos. Ya tuvo terremotos capaces de dañar edificios, destruir poblaciones y provocar víctimas.
La explicación se encuentra a kilómetros debajo de nuestros pies. Los movimientos registrados en esta región están relacionados con el enorme proceso tectónico generado por la placa de Nazca al introducirse debajo de la placa Sudamericana, fenómeno conocido como subducción. El INPRES explicó específicamente que los movimientos del norte tucumano corresponden a sismos de intraplaca vinculados con ese proceso.
La pregunta inevitable es entonces si podría ocurrir en Tucumán un terremoto mucho mayor, incluso uno capaz de afectar seriamente a San Miguel de Tucumán y su área metropolitana.
La respuesta científica exige prudencia.
No existe actualmente un método capaz de determinar la fecha, el lugar y la magnitud del próximo terremoto. El INPRES es categórico: los terremotos no pueden predecirse. Lo que sí puede determinar la sismología es qué regiones son sísmicamente activas y estimar aproximadamente el tamaño de los terremotos posibles utilizando los antecedentes históricos, los registros instrumentales y las evidencias geológicas.
Por eso nadie puede afirmar que vaya a producirse un gran terremoto próximamente en Tucumán. Pero tampoco existe sustento científico para asegurar que la provincia nunca pueda experimentar nuevamente un terremoto destructivo.
Hay además otra cuestión fundamental: un terremoto no necesita alcanzar magnitud 7 u 8 para provocar una catástrofe urbana.
La magnitud mide la energía liberada por el terremoto, pero sus consecuencias dependen también de la profundidad, la distancia del epicentro, las características del suelo y, fundamentalmente, la vulnerabilidad de las construcciones. Un terremoto moderadamente fuerte, superficial y muy cercano a una ciudad puede resultar más destructivo que otro mucho mayor ocurrido lejos o a gran profundidad.
Ese es probablemente el interrogante más importante para Tucumán.
La provincia actual no es la Tucumán rural de 1826. San Miguel de Tucumán y las ciudades que integran su área metropolitana concentran hoy una enorme cantidad de habitantes, edificios en altura, viviendas antiguas, hospitales, escuelas, puentes, redes eléctricas, gas, agua y otras infraestructuras esenciales.
Por eso, si se produjera cerca del área metropolitana un terremoto superficial e intenso, el problema no estaría determinado exclusivamente por su magnitud, sino por cómo responderían las construcciones y los servicios esenciales.
El INPRES sostiene que la herramienta fundamental frente a este peligro no es intentar adivinar cuándo ocurrirá el próximo terremoto, sino reducir la vulnerabilidad mediante arquitectura e ingeniería sismorresistente, materiales adecuados, planos aprobados y controles profesionales durante las obras.
También debe descartarse una interpretación que suele aparecer después de grandes terremotos internacionales: un terremoto ocurrido en Colombia, Venezuela, Chile u otro punto distante de Sudamérica no significa que el próximo vaya a producirse en Argentina o Tucumán.
El INPRES explica que terremotos ocurridos incluso el mismo día pero separados por miles de kilómetros no necesariamente tienen relación entre sí, porque la parte rocosa de la Tierra no transmite los esfuerzos de esa manera a distancias tan grandes.
Por eso no existe una señal que permita afirmar que un gran terremoto esté «avanzando» hacia Argentina.
Lo que sí existe es un peligro sísmico permanente que forma parte de la geología argentina.
San Juan y Mendoza constituyen el corazón de la región más comprometida. El oeste y parte del noroeste argentino mantienen diferentes grados de peligrosidad. Y Tucumán ocupa un nivel moderado: claramente inferior al de las regiones más críticas de Cuyo, pero suficientemente importante como para que el riesgo no pueda ser ignorado.
La historia provincial constituye la advertencia más contundente. Trancas fue golpeada y sufrió víctimas en 1826; la Catedral de San Miguel de Tucumán resultó dañada en 1913; El Naranjo y El Sunchal sufrieron daños en 1931; Tapia, Raco y Tafí Viejo registraron grietas en sus construcciones en 1933; Burruyacú volvió a sufrir daños en 1981 y el norte provincial nuevamente en 1992.
No hay razones científicas para generar alarma ni para sostener que un gran terremoto sea inminente.
Pero tampoco para pensar que Tucumán está a salvo para siempre.
La Argentina es un país sísmico, las zonas de mayor peligro están identificadas y Tucumán forma parte de ese mapa. La pregunta que la ciencia no puede responder es cuándo volverá a producirse un terremoto importante. La que sí puede responder la sociedad es qué tan preparada estará la provincia cuando vuelva a ocurrir.