“El sueño de pibe”: la arquitecta que custodia los secretos de San Francisco durante su recuperación

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A horas de la reapertura del histórico templo, Tendencia de Noticias recorrió la obra junto a Ana Isabel Lozano, arquitecta e inspectora de las intervenciones. Entre grietas, pinturas afectadas por la humedad, columnas que esconden antiguos rieles ferroviarios y siglos de historia superpuestos, explicó por qué restaurar San Francisco implica mucho más que reparar un edificio: “No hay que dejar que se pierda el patrimonio”.

“El sueño de pibe”: la arquitecta que custodia los secretos de San Francisco durante su recuperación

Ana Isabel Lozano, custodio de la Iglesia San Francisco. Foto: TDN

Hay que mirar San Francisco con otros ojos para descubrir lo que Ana Isabel Lozano ve.

Donde cualquier visitante encuentra una columna, ella encuentra una pista sobre la llegada del ferrocarril a Tucumán. Donde aparecen manchas de humedad, piensa en antiguas cañerías ocultas dentro de muros centenarios. Frente a una pintura deteriorada no imagina una pared blanca y nueva, sino el trabajo minucioso de quienes deberán recuperar lo que el tiempo dañó sin borrar aquello que sobrevivió.

Faltan apenas horas para que la iglesia vuelva a recibir a los fieles y dentro del templo todavía se trabaja.

En ese escenario, Tendencia de Noticias conversa con Lozano, inspectora de las obras de recuperación y asesora de la Comisión de Puesta en Valor del Templo y Convento de San Francisco, que integran el arquitecto Andrés Raúl Nicolini, el ingeniero civil Daniel Mafud, la arquitecta Olga Paterlini de Koch y la contadora Nilda Velásquez, apoderada de la Orden Franciscana.

Lozano es arquitecta egresada de la Universidad Nacional de Tucumán, doctora en Historia del Arte y Gestión Cultural y máster en Valoración del Patrimonio por la Universidad Pablo de Olavide, España. Es docente de Historia de la Arquitectura en la UNT y ha desarrollado buena parte de su carrera alrededor de una pregunta que ahora encuentra una respuesta concreta entre estos muros: cómo conservar un edificio histórico sin quitarle aquello que cuenta su propia historia.

San Francisco es, en ese sentido, un desafío extraordinario. “Estos templos están hechos en otro contexto histórico, en otra realidad. Ni siquiera había autos”, explica.

El entorno cambió. Llegaron el tránsito, las vibraciones, las instalaciones y las nuevas canalizaciones. Y debajo de todo eso permanecieron cimientos y muros construidos para una ciudad completamente diferente.

Lozano explica que esas transformaciones pudieron contribuir a eventuales asentamientos. Cuando se mueve un cimiento, el problema no queda abajo:“Arrastra el muro, arrastra la bóveda”, señala. Y entonces aparecen las grietas que durante años encendieron las alarmas sobre el estado del templo.

Ella llegó a la recuperación de San Francisco desde distintos lugares. Primero participó del proyecto de la fachada y luego asumió tareas de inspección. Desde entonces intervino tanto en etapas estructurales como en trabajos específicamente arquitectónicos, entre ellos los realizados sobre el lateral de calle San Martín.

Su tarea tiene una premisa: cada intervención debe resolver un problema sin generar otro.

No alcanza con reparar una grieta si durante el proceso se daña una pintura. Tampoco con resolver una filtración si la solución modifica innecesariamente las características de un monumento histórico. Por eso, explica, profesionales especializados acompañan las distintas etapas para garantizar que cada intervención sea “lo más respetuosa posible con el bien” y que se protejan pinturas, retablos y otros elementos que pueden verse afectados por las obras.

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A PLENO, LOS OBREROS TRABAJAN EN LA IGLESIA. FOTO: TDN.-

Lo que las paredes de San Francisco todavía cuentan

Lozano está vinculada con las intervenciones desde 2021, pero la historia de la conservación del templo comenzó mucho antes. En ese recorrido destaca especialmente la figura de Andrés Nicolini, integrante de la comisión y conocedor de las distintas etapas de intervención realizadas durante décadas.

A pesar de la gravedad de los problemas estructurales que obligaron a cerrar el edificio, Lozano sostiene que buena parte de su patrimonio se conserva en condiciones favorables.

Uno de los enemigos más persistentes fue el agua. “Lo que más, el problema que ha habido, han sido filtraciones en las cubiertas”, explica. Las antiguas cubiertas de tejas fueron reemplazadas en algún momento por chapas y algunas comenzaron a filtrar. A eso se sumaron viejos sistemas de desagüe: cañerías que originalmente estaban embutidas dentro de los propios muros y que, con el paso del tiempo, fueron perdiendo sus juntas y provocando humedad. Parte de esos conductos ya fue reemplazada, bloqueada o trasladada hacia el exterior.

Pero explicar San Francisco únicamente desde sus problemas constructivos sería quedarse con una pequeña parte de la historia.

Durante la entrevista, TDN le plantea un ejercicio: cómo explicarle a un niño de ocho años por qué este lugar merece ser conservado.

Lozano empieza por la religión. Habla de la importancia que tuvo el templo para generaciones de creyentes y de su ubicación frente a la plaza, en el corazón de la antigua ciudad. Después aparecen los jesuitas, los franciscanos y las sucesivas transformaciones.

Y enseguida la explicación se amplía.

San Francisco también conserva arte. Pinturas, esculturas, retablos, mobiliario y ornamentaciones realizados por artistas y artesanos reconocidos en diferentes momentos. Y guarda, además, capítulos de la historia política argentina: la Batalla de Tucumán, el paso de los ejércitos, el Congreso de Tucumán, el mobiliario prestado para aquel acontecimiento y otros bienes asociados a esos episodios históricos.

Por eso cada pared tiene varias capas.

Las imágenes, explica Lozano, se encuentran en general en buen estado. El deterioro más evidente aparece en algunas pinturas murales afectadas por la humedad. Los retablos y sus imágenes resistieron mejor, aunque después de tantos años necesitan tareas preventivas de limpieza y pequeñas recuperaciones.

La próxima etapa será particularmente delicada.

La intención es conformar un equipo interdisciplinario con profesionales vinculados a la arquitectura, el arte y especialistas en restauración. Allí cambiará incluso la escala del trabajo: ya no se tratará de grandes intervenciones estructurales, sino de tareas casi quirúrgicas.

“Es un trabajo milimétrico”, define Lozano.

Habrá que consolidar pinturas que comenzaron a levantarse y recuperar sectores donde parte de la obra pictórica se perdió. Es un proceso lento, minucioso y necesariamente especializado.

Entonces aparece una pregunta inevitable. ¿No sería más sencillo pintar todo nuevamente?. La respuesta llega antes de terminar la idea: “Jamás, jamás”.

Lozano estima que las pinturas pueden tener un grado de afectación, pero insiste en que la mayor parte permanece allí. Y plantea una pregunta que resume toda una filosofía de conservación: “¿Por qué lo perderíamos? ¿Porque sea más fácil pintarla encima?”.

Para ella, las pinturas y los retablos no son solamente decoración.

Los templos fueron concebidos también para conmover. Sus imágenes contaban historias, mostraban momentos de la vida de los santos y transmitían mensajes a una sociedad en la que una parte importante de la población no sabía leer ni escribir.

“Es para que lo entienda cualquiera que preste atención”, explica.

Quizás por eso San Francisco permite leer la historia de Tucumán de una manera inesperada. Lozano señala las columnas. En su interior no hay perfiles metálicos modernos. Hay rieles.

La utilización de esos elementos permite observar cómo los nuevos materiales que llegaron con el ferrocarril comenzaron a incorporarse a las construcciones. Para alguien dispuesto a detenerse en esos detalles, el edificio puede hablar de la evolución de la ciudad, de sus técnicas constructivas e incluso de la transformación económica vinculada con la industria azucarera y el tren.

También conviven distintas épocas. Hay huellas jesuíticas, transformaciones franciscanas y modificaciones realizadas a lo largo de los siglos XVIII, XIX, XX y XXI.

“Tenés de todo un poco”, resume.

Hoy comenzará otro capítulo.

La recuperación del templo fue impulsada con la participación de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, el Gobierno provincial, empresas privadas (entre ellas Compañía Azucarera Los Balcanes) y la Comisión de Puesta en Valor del Conjunto Franciscano.

A las 10 está prevista una visita guiada y a las 12 se celebrará la misa presidida por el arzobispo Carlos Sánchez junto con integrantes de la comunidad franciscana, en el marco del año jubilar por los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís.

La apertura, sin embargo, no representa el final de la restauración. Quedan pinturas por recuperar, obras por estudiar y sectores sobre los que habrá que seguir trabajando.

Para Lozano, eso forma parte del desafío.

Cuando Tendencia de Noticias le pregunta qué significa para una especialista en patrimonio haber llegado profesionalmente hasta aquí, la respuesta deja por un momento de lado títulos académicos, diagnósticos y técnicas de conservación.

“Para cualquiera que le gusta el patrimonio, trabajar acá es como el sueño de pibe”, dice. Y mira alrededor. “Es hermosa, es hermosa”.

Tal vez allí esté la explicación más sencilla de por qué tantas personas llevan años intentando salvar San Francisco: debajo de cada grieta, detrás de cada pintura y hasta en los viejos rieles escondidos dentro de sus columnas, todavía permanece una parte de la historia de Tucumán.

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Foto: TDN.-

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