El milagro de nena tucumana que nació con severa infección ósea y no respondía a tratamientos

A medida que vamos publicando las historias de “milagros argentinos”, la emoción se multiplica al tomar conciencia de la gran cantidad de gracias de Dios que el pueblo argentino recibe. Regalos que muchos desconocen y que están en casi todo el país. Ahora, nuevamente, estas historias me han llevado a Tucumán, tierra de fe, milagros y esperanza.
El sol de la tarde se cuela por la ventana del comedor en la casa de la familia de Emma, en San Miguel de Tucumán. No es una tarde cualquiera; la atmósfera está impregnada de un silencio respetuoso, casi sagrado.
Sobre la pared, fotos de una nena sonriente se mezclan con estampitas de un fraile de rostro sereno y hábito marrón. Es la imagen de Fray Mamerto Esquiú, el hombre que, según la fe de esta familia y la confirmación del Vaticano, intercedió para que Emma hoy esté aquí, corriendo por el pasillo y saltando la soga.
La historia del milagro se remonta a 2010. Emma nació con una complicación severa: una osteomielitis aguda en el fémur izquierdo. El cuadro era crítico y el panorama, desalentador. Fue en ese contexto donde el doctor Carlos Juárez, el pediatra que siguió el caso desde el primer momento, se convirtió en testigo involuntario de lo extraordinario.
Juárez, un profesional respetado por su rigor clínico, recuerda con precisión el estado de la pequeña: la infección era agresiva y los tratamientos convencionales no lograban frenar el avance del daño óseo.
Sin embargo, tras la intercesión de la familia ante el fraile catamarqueño, el médico quedó completamente impresionado. Los estudios posteriores mostraron una recuperación que desafiaba cualquier manual de medicina.
La desaparición de la patología fue tan repentina y absoluta que el propio Juárez no dudó en calificar el hecho como algo que excedía el conocimiento científico, aportando su testimonio clave para el proceso de beatificación.
Nacido en 1826 en la localidad catamarqueña de San José de Piedra Blanca, Esquiú fue mucho más que un religioso. Fue un hombre de una humildad profunda y un intelecto brillante.
Pasó a la historia grande de la Argentina por su famoso sermón de 1853, donde llamó a la unidad nacional y al respeto por la Constitución Nacional, ganándose el apodo de “El Orador de la Constitución”. A pesar de su enorme prestigio y de haber sido nombrado obispo de Córdoba, nunca abandonó su sencillez franciscana.
El corazón de Catamarca

Aunque el milagro ocurrió en suelo tucumano, el epicentro de esta devoción late en Catamarca. En su tierra natal, el cariño por Esquiú es una fibra constitutiva de la identidad local.
No hay hogar en los alrededores de Piedra Blanca donde no se hable de él como un vecino cercano, un protector que camina entre las montañas de El Ambato.
En la provincia, su nombre evoca orgullo y una fe que se transmite de generación en generación, celebrando cada año su legado con procesiones que desbordan de peregrinos.
Al apagar la cámara y salir de la casa de Emma, queda una sensación de paz. Para la ciencia, representada en la mirada atónita del doctor Juárez, lo ocurrido será siempre un hecho “médicamente inexplicable”. Para esta familia tucumana y para el pueblo catamarqueño, es simplemente la confirmación de que Fray Mamerto Esquiú sigue escuchando, con la misma humildad con la que vivió, a quienes más lo necesitan. /TN
