Las historias del padre Pío Pérez y de la vocación de Sergio González

Sergio González y el padre Pío. /Foto Analía Jaramillo – La Gaceta
Durante años, Pío Pérez vivió sin rumbo fijo. Cambiaba de país como quien cambia de estación, aprendía oficios en el camino y seguía impulsos más que planes. Había dejado atrás su infancia en un pequeño pueblo de Burruyacú y se había lanzado a recorrer el mundo. Nada, en esa vida errante, hacía prever que décadas después ingresaría al seminario.
“Era joven y quería conocer Inglaterra y me iba. Después Italia, Grecia, Francia e Israel. Sentí ganas de vivir en Oriente y viajé por India, Nepal, Japón, Filipinas y Malasia. Viví varios años en Tailandia”, recuerda. Fueron más de 15 años lejos de Tucumán y, como él mismo dice, “muy alejado de la fe”.
El regreso no fue parte de un plan. Volvió en 1997 y poco después su padre enfermó de cáncer. Antes de morir, en el hospital, reunió a sus hijos y les pidió que rezaran un Padre Nuestro. “Se fue en paz. Sentí que eso era un mensaje salvador”, cuenta. Ese momento marcó un quiebre.
Instalado nuevamente en Tucumán, comenzó a dar clases de inglés y llevó una vida sencilla junto a su madre, en una casa ubicada al lado de una capilla. Hasta que, una mañana, ocurrió algo que todavía hoy le cuesta explicar. “Estaba cortando el césped y se acercó un seminarista y me dijo: ‘Cristo me mandó a buscarte’. Lo miré sorprendido, pero acepté. Sentí algo muy fuerte desde el primer ensayo. Fue impactante cargar la cruz. Ahí empezó mi proceso, mi conexión con Cristo”, relata.

La idea del sacerdocio volvió, pero esta vez con fuerza. “Al principio dudé por todos esos años que lo desprecié. Pero la sensación era cada vez más fuerte. No lo puedo explicar; es algo muy misterioso”, dice.
Ingresó al seminario a los 48 años y se ordenó a los 55. Hoy, ya como sacerdote y formador, acompaña a otros en ese mismo camino. Y lo resume con una frase que repite como certeza: “Dios nunca llama tarde”.
La historia del padre Pío no es una excepción. Cada vez más hombres llegan al seminario en la adultez, cuando ya han atravesado otras experiencias, profesiones o vínculos. Muchos, incluso, con la sensación inicial de que “ya no están a tiempo”.
“Se acercan personas de 39, 40, 41 años. Y muchos creen que ya es tarde. Parte de nuestra tarea es mostrarles que sí se puede”, explica.
Pero no se trata de un camino sencillo. Para quienes han vivido durante años de manera independiente, la adaptación implica un cambio profundo. “Venía de muchos años viviendo solo, y adaptarme a la vida comunitaria fue todo un proceso. El primer año es justamente para eso: aprender la vida en comunidad, la vida espiritual, la oración”, señala.
Las diferencias con los más jóvenes son claras. “Los adultos suelen tener más seguridad, porque ya han vivido muchas cosas. Pero también hay que ayudarlos a discernir bien. A veces alguien se acerca porque no le fue bien en otros aspectos de su vida y cree que el sacerdocio puede ser una salida. Pero no es así: no se entra por descarte”, advierte.
El proceso, insiste, no es una revelación repentina. “No es una luz que aparece de golpe. Dios va hablando en lo cotidiano, en pequeños signos, en la experiencia de vida. Es algo que se va gestando de a poco”.
“No soy el que eligió”
A sus 57 años, Sergio González -quien hoy transita su formación como seminarista- también llegó a esta decisión después de haber recorrido otros caminos. Estudió, trabajó, eligió profesiones. Pero esta vez, dice, fue distinto.
“En la locución o en el derecho, yo elegí esas carreras. En este caso no soy yo el que elige, sino que siento el llamado de alguien superior”, explica.
Como en el caso del padre Pío, no hubo un momento único ni extraordinario, sino un proceso. “No hay un rayo que te ilumina de golpe. Es algo que se va dando hasta que en algún momento hace ‘clic’”, describe. En ese camino, el acompañamiento fue clave. Sacerdotes, directores espirituales, personas que lo ayudaron a poner en palabras lo que le pasaba.

Las dudas aparecieron desde el principio. “Me preguntaba si era posible a mi edad, si no me estaba equivocando, qué iba a pasar con mi familia, con mi vida”, cuenta. Incluso llegó a investigar en qué lugares aceptaban personas adultas para formarse.
La familia, admite, es uno de los puntos más sensibles. “Al principio uno lo vive como un posible abandono, pero después entiende que no es eso. Es una manera distinta de vincularse”.
Hoy combina su trabajo con la formación en el seminario y las tareas pastorales. “Vengo todos los días desde la mañana hasta la noche, y los sábados hago pastoral en mi parroquia. Llevo la Eucaristía a enfermos y doy catequesis a niños. Es mucha información en poco tiempo”, dice.
A pesar de la exigencia, hay una palabra que repite: felicidad. “Me siento muy bien, muy feliz. No es solo lo académico: la formación espiritual, pastoral y humana me llena mucho”.
El miedo y la búsqueda
Tanto para jóvenes como para adultos, el miedo es parte del proceso. “Es normal preguntarse si uno va a estar a la altura o si le va a fallar a Dios. Pero el miedo no debe paralizar”, sostiene Pío.
En los adultos, además, aparecen otras preguntas: el tiempo, lo que se deja atrás, las decisiones ya tomadas. Sin embargo, también hay algo que juega a favor: la experiencia. “Han vivido muchas cosas y suelen tener más claridad sobre lo que quieren”, señala.
Detrás de cada historia hay algo en común. La búsqueda. No siempre claramente religiosa al inicio, pero sí profunda. “Dios siempre está hablando, pero muchas veces no escuchamos por el ruido del mundo”, reflexiona Sergio. Y agrega: “Hay que hacerse un tiempo para preguntarle qué quiere para uno y no tener miedo”.
En un contexto donde la vida parece organizada en etapas rígidas -estudiar, trabajar, formar una familia-, estas historias corren el eje. Hablan de decisiones que llegan fuera de tiempo… o, tal vez, en el único tiempo posible.
Para quienes las protagonizan, la respuesta es clara. Dios no llega tarde. /
